Se llamaba Simón de Bethencourt y Castro.
Era fraile agustino, canario de Icod de los Vinos, y hermano de Marcos de Bethencourt y Castro, quien ocuparía el gobierno de Venezuela en 1716, después del mandato interino de Alberto de Bertodano (enero de 1715 a julio de 1716).
La documentación lo sitúa en Venezuela hacia 1711, con su llegada de “incógnito” a Maracaibo, lejos de los focos principales de los gobernantes. Para entonces, su hermano Marcos estaba llamado a suceder a José Cañas y Merino al frente de la provincia una vez concluido su mandato en 1716.
La caída precipitada y arresto de Cañas alteró ese proceso en 1714, dando paso primero al gobierno interino de Bertodano. Recordemos que este Cañas y Merino, uno de los mayores déspotas que se recuerdan al frente de Venezuela, fue el mismo gobernador que en diciembre de 1711 otorgó en Caracas la patente de corso a Amaro Pargo.
Pero volvamos a fray Simón.
El agustino vino acompañado desde Tenerife por su cuñado, Juan Llarena Carrasco. Ambos fueron denunciados por José Cañas y Merino en una carta remitida a la Corona antes de que este fuera arrestado y trasladado a España.
En esa denuncia, Cañas sostenía que el fraile y el cuñado del futuro gobernador estaban reconociendo rutas y movimientos comerciales con el fin de preparar el terreno para Marcos de Bethencourt y Castro, llamado a ocupar el gobierno de Venezuela.
La acusación situaba a fray Simón en un espacio fuera de la normalidad legal. En ella se denunciaban contrabando, estudio de rutas interiores, redes familiares con canarios ya asentados y una posible lucha por el control económico de la provincia.
Fray Simón había obtenido licencia de su provincial El 7 de marzo de 1710 había obtenido licencia para viajar a Caracas de su provincial fray Gaspar de Herrera (Agustinos de los Realejos). Sin embargo, años después aparece residiendo en Venezuela sin licencia clara del prelado. Una cosa era contar con autorización para trasladarse y otra permanecer y actuar en una provincia americana con toda la documentación eclesiástica y jurisdiccional plenamente acreditada.
En este caso, el agustino no aparece con credenciales suficientes. Y parece evidente que su presencia no respondió únicamente a fines religiosos, sino también a los intereses familiares y políticos vinculados al futuro gobernador.
Su caso encaja dentro de aquella realidad en la que religiosos españoles pasaban a América con objetivos muy diferentes a los de evangelizar. Algunos viajaban de forma dudosa, otros permanecían durante años “vagando” por distintas provincias, y no faltaban quienes acababan mezclados en negocios, herencias, curatos, misiones, pleitos y redes familiares.
En 1716 llegó Marcos de Bethencourt y Castro, quien terminaría convirtiéndose en uno de los principales enemigos de Amaro Pargo. Su actuación precipitaría uno de los episodios más legendarios de aquella etapa, la fuga de Amaro tras rechazar una inspección de su navío. Tras el incidente, levantaron anclas y partieron rumbo a Veracruz a bordo del Blandón.



