Se llamaba Juan de Ascanio, y había nacido en Caracas dentro de una de las familias destacadas de la provincia.

Desde el siglo XVI, la emigración canaria había dejado una presencia constante en Venezuela. Los isleños participaron en la conquista de Cumaná, estuvieron presentes en Coro durante la etapa de los Welser y, con el paso del tiempo, se integraron en distintos espacios económicos y sociales de la provincia. Algunas familias de la élite caraqueña y cumanesa tenían ese origen: los Ponte, los Blanco, los Herrera, los Bethencourt y los Ascanio.

Juan de Ascanio aparece en ese contexto como caballero del Orden de Santiago y vecino de Caracas.

En 1715, la ciudad atravesaba una situación de fuerte tensión institucional. La llegada del navío de registro de la Compañía del Marqués de Montesacro, el Blandón, capitaneado por Amaro Rodríguez Felipe, había abierto un conflicto entre los ministros enviados para proteger los intereses de la compañía y de la Real Hacienda —como Pedro Tomás Pintado y Antonio Álvarez de Abreu— y el Cabildo de Caracas, que veía en aquellas actuaciones una intromisión en la jurisdicción de la provincia.

La Audiencia de Santo Domingo intervino contra los procedimientos de Pintado y Álvarez de Abreu, ordenando al gobernador y al Cabildo de Caracas cumplir su provisión bajo pena de 200 pesos de oro fino para quien la contradijera.

El Cabildo decidió entonces enviar papeles a la Corte. Caracas necesitaba presentar su versión ante el Rey y el Consejo de Indias antes de que lo hicieran, o al menos antes de que impusieran la suya, los ministros enviados por Felipe V, que en aquel conflicto aparecían claramente alineados con los intereses del navío de registro y, por extensión, con la posición de Amaro Pargo.

Había que explicar las “confusiones y turbaciones” que, según los capitulares, se habían producido desde la llegada del navío de registro y por la actuación de Pedro Tomás Pintado y Antonio Álvarez de Abreu. Para el Cabildo, no se trataba solo de una disputa comercial, sino de una cuestión de jurisdicción, autoridad y defensa de los intereses de la ciudad.

Se reunió dinero entre algunos vecinos, aunque no siempre de forma voluntaria. La documentación deja entrever presiones, compromisos forzados y un ambiente en el que muchos quedaban obligados a posicionarse con el Cabildo y con la élite local que dirigía la respuesta contra los ministros del navío de registro.

Con ese dinero se prepararon instrucciones, se reunieron papeles y se entregó la misión a Juan de Ascanio.

Pero el otro bando también actuó.

Los ministros Pedro Tomás Pintado y Antonio Álvarez de Abreu, que iban junto a Amaro Rodríguez Felipe y su hermano José Rodríguez Felipe en defensa del navío de registro, enviaron su propio mensajero. La carrera consistía en lograr que una versión llegara antes que la otra al Rey y al Consejo de Indias.

Aquel segundo enviado no llegó a destino. Según la documentación, apareció muerto en la isla de Martinica.

¿Ajuste de cuentas?

Por otro lado, la documentación hallada en el Archivo General de Indias, dentro del expediente de Cumaná AGI 693A, indica que a Juan de Ascanio “se le puso embarazo en el viaje”. Es decir, se le impidió o dificultó salir por la vía ordinaria. No sabemos con certeza quién puso aquel obstáculo, pero el contexto apunta a una traba administrativa o jurisdiccional en medio del enfrentamiento entre Caracas, Santo Domingo y los enviados de la Corona.

Al no poder viajar con todas las autorizaciones que precisaba, Juan de Ascanio tomó una ruta irregular: su propia vía de escape. Salió hacia la costa, pasó a Curazao, de allí a Ámsterdam, y desde Ámsterdam emprendió el camino hacia Madrid.

Antes de su partida, cuando fueron a notificarle, lo hallaron vestido de clérigo. No sabemos si aquello respondía a su condición religiosa como presbítero o si fue una cobertura para facilitar la salida.

Todo indica que consiguió llegar.

Lo que no sabemos con seguridad es si volvió alguna vez a Venezuela. Según las noticias genealógicas localizadas, fallecería años después en Madrid.