Cádiz, 3 de julio de 1713.
El San Luis estaba preparado para partir. Amaro Rodríguez Felipe había adquirido el navío meses antes en Cádiz y la embarcación había pasado ya la visita correspondiente de las autoridades encargadas de controlar los barcos destinados a las Indias.
Aquel día, Amaro compareció ante don Francisco de San Millán y Ceballos, caballero de la Orden de Santiago, miembro del Consejo de Su Majestad y juez oficial de la Real Audiencia y Casa de la Contratación a las Indias.
El motivo de su comparecencia quedó señalado en el pedimento. Estando ya visitado el navío, Amaro solicitaba que se le entregara su registro y una copia de aquella inspección para comenzar el viaje hacia el puerto de La Guaira.
A continuación, la transcripción del pedimento y del auto, fechado el 3 de Julio de 1713:
Pedimento
En la ziudad de Cádiz, en tres de jullio de mill settecientos y trese años, antte el señor don Francisco de San Millán y Ceuallos, cauallero del orden de Santtiago, del Consejo de Su Magestad, su juez ofizial de la Real Audiencia y Cassa de la Conttratación a las Yndias de la ziudad de Seuilla, que en esta reside, paresió don Amaro Días Phelipe, capittán y maestre del nauío nombrado ‘el San Luis’, que ua de rexistro al puerto de La Guaira de la ciudad de Caracas, en la provincia de Tierra Firme. Y respectto de estar vizitado dicho nauío, pidió a dicho señor le mande entregar su rexistro y copia de dicha vizitta.
Auto
Y visto por dicho señor este pedimento, mandó se le entregue al dicho capitán y maestre el dicho rexistro y copia de dicha vizitta, como lo pide, para que con el primer buen tiempo, y en seguimiento de su biaje, pueda salir a nauegar. Y así lo proueyó.
San Millán.
Ante mí, Fernando Crespo.
AGI ESCRIBANÍA 1684: CONTRATACIÓN, PP. 119.
Aprovechamos e incluimos la tripulación al completo, según nos muestran los documentos de este mismo expediente:
Capitán y maestre: don Amaro Rodríguez Felipe, persona conocida.
Capellán: don Juan Antonio de las Nieves, persona conocida. Mostró sus dimisorias.
Escribano: don Antonio Urrejolagoitia, persona conocida.
Cirujano: Juan de Zeuada, persona conocida.
Barbero: Baltasar de Rocha, persona conocida.
Piloto examinado: Luis Méndez, persona conocida.
Piloto acompañado: Tomás de Acosta, igualmente persona conocida.
Contramaestre: el mismo.
Guardián: José Díaz, persona conocida.
Despensero: José de la Roza, igualmente persona conocida.
Calafate: Miguel Serrano, igualmente persona conocida.
Condestable: Juan Quintarde, igualmente persona conocida.
Carpintero: Domingo de Arlés, igualmente persona conocida.
Marineros y artilleros
Cristóbal Gómez, artillero, hijo de Cristóbal, natural de la isla de La Palma, en Canarias. Tenía veinticuatro años y una señal de herida en la barba, en el lado izquierdo.
Antonio Manuel, artillero, hijo de Pedro, natural de La Palma, en las islas Canarias. Tenía veintidós años, nariz ancha y buen cuerpo.
José Fermín, artillero, hijo de Diego, natural de Sevilla. Tenía treinta años, era pequeño de cuerpo y tenía los ojos tiernos.
José Hernández, artillero, hijo de Nicolás, natural de Santa Cruz, en Canarias. Tenía veinticuatro años, buen cuerpo y una señal de herida en la frente.
Bernardo Maestre, hijo de Francisco, natural de Cádiz. Tenía treinta y cinco años, nariz larga y buen cuerpo.
Francisco García, hijo de Salvador, natural de la isla de Tenerife, en Canarias. Tenía treinta años, era alto de cuerpo y de nariz chata.
Francisco de Goicorrozea, hijo de Francisco, natural de la villa de Aramayona, en Vizcaya. Tenía veintinueve años, era alto de cuerpo y tenía la nariz aguileña.
José de la Cruz, hijo de Domingo, natural de La Palma, en Canarias. Tenía cuarenta años, era entrecano y alto de cuerpo.
Mozos
José Salguero, hijo de Luis, natural de La Florida. Tenía diecinueve años, buen cuerpo y ojos pardos.
Juan Bautista, hijo de Gregorio, natural de la ciudad de La Laguna, en las islas Canarias. Tenía veinte años, buen cuerpo y era pecoso.
Juan Esteban, hijo de Juan, natural de Cádiz. Tenía veintitrés años y señales de heridas en la frente y en la mejilla derecha.
Francisco de Gracia.
Juan Francisco de Borja, hijo de Roque, natural de Sanlúcar. Tenía veinte años y una señal de herida en la frente.
Domingo Díaz, hijo de Francisco, natural de Cádiz. Tenía veinte años, buen cuerpo y nariz larga.
Juan Rego, hijo de Esteban, natural de La Orotava, en Tenerife. Tenía veintidós años y señales de viruela en el rostro.
Roque Calvo, hijo de Silvestre, natural de La Coruña. Tenía veinticuatro años, buen cuerpo y señales de viruela.
Teodoro de Páez, hijo de Baltasar, natural de La Palma, en Canarias. Tenía veinticuatro años, era alto y de nariz grande.
Juan Hernández, hijo de Cristóbal, natural de La Laguna, en Canarias. Tenía veinte años, buen cuerpo y una señal de herida en la frente.
Diego de Molina, hijo de Andrés, natural de Cádiz. Tenía treinta años, era de mediana estatura y presentaba grandes entradas en el cabello.
Pajes
Francisco de Torres, hijo de Diego, natural de la ciudad de Canaria (actual Las Palmas de Gran Canaria). Tenía dieciséis años y una señal de herida en la frente.
Pascual Manuel, hijo de Pedro, natural de la isla de La Palma, en Canarias. Tenía doce años y era de mediana estatura
La resolución, del documento incialmente compartido, resulta clara. El San Luis había sido visitado y Amaro solicitaba la entrega de la documentación necesaria para continuar su viaje. San Millán accedió y dejó expresamente señalado que podría salir a navegar «con el primer buen tiempo».
Los documentos sitúan la salida efectiva del San Luis de Cádiz el 6 de julio de 1713, apenas tres días después de aquel auto. De esta forma podemos reconstruir con bastante precisión la secuencia: el 3 de julio quedaba resuelto el procedimiento y el día 6 el navío levantaba finalmente anclas rumbo a La Guaira.
Al pie de la resolución aparecen dos nombres: Francisco de San Millán, quien dictó el auto, y Fernando Crespo, que actuó como escribano dando fe de lo acordado.
Podríamos dejar aquí la historia como uno más de los numerosos procedimientos administrativos que precedían a la salida de un navío destinado a las Indias. Sin embargo, al seguir el rastro de Francisco de San Millán y Ceballos aparece una coincidencia interesante.
Apenas un año antes, San Millán había intervenido en un asunto relacionado con una de las embarcaciones más conocidas del célebre corsario puertorriqueño Miguel Enríquez, conocido también como el Mulato.
El barco era la balandra La Perla.
Miguel Enríquez (Henríquez) (c. 1674–1743)
El Archivo General de Indias conserva, bajo la referencia SANTO_DOMINGO,553,N.78, un expediente relativo a la cobranza por Francisco de San Millán y Ceballos de los derechos correspondientes a unos géneros fuera de registro transportados por La Perla, propiedad del armador de corso y capitán de mar y guerra Miguel Enríquez, que había arribado a Cádiz procedente de Puerto Rico.
La coincidencia es magnífica pues si bien es cierto que Amaro Pargo y Miguel Enríquez desarrollaron buena parte de sus actividades durante una misma etapa histórica, y bajo el reinado de Felipe V, siempre actuaron distanciados uno del otro. Amaro tenía en Canarias uno de sus principales centros de operaciones y mantenía una estrecha relación marítima y comercial con Venezuela y el Caribe. Miguel Enríquez, desde San Juan de Puerto Rico, llegó a organizar una importante estructura corsaria y guardacostas, convirtiéndose en uno de los hombres de mar más destacados de aquellas aguas y en una seria amenaza para las embarcaciones enemigas que se movían por las Antillas.
Lo seductor de este cruce de documentos es comprobar cómo ambos mundos podían terminar encontrándose a través de los mismos puertos, funcionarios y y bajo un mismo Consejo de Indias.
Y aquí vuelve a aparecer La Perla.
El historiador Ángel López Cantos, en su trabajo dedicado a Miguel Enríquez, explica que aquella balandra fue escogida para realizar una particular travesía desde San Juan, enfrentándose a los vientos alisios, pasando por Canarias: un tornaviaje de mucho riesgo. Además de los «pliegos de Su Majestad» y otros productos autorizados, transportaba a ocho isleños castigados a galeras, acusados de haber instigado un levantamiento en Ponce y San Germán. La Perla arribó a Cádiz el 24 de noviembre de 1712, después de 97 días de navegación y de haber permanecido varios días en Canarias. Al examinar su carga se comprobó además que transportaba algunos géneros fuera de registro.
Y precisamente esos géneros fuera de registro son los que nos vuelven a conducir hasta Francisco de San Millán y Ceballos.
Existe además otra fuente que permite completar la historia de aquella balandra.
Hace unos años localicé en el Archivo Central de Guatemala un expediente relacionado con Enrique Andrés Oquelí, un irlandés que había servido durante largo tiempo a la Corona española. Gracias a la ayuda de una historiadora guatemalteca pude disponer de la transcripción del documento.
Oquelí declaraba haber llegado a Cartagena en 1705, donde se alistó como soldado, participando posteriormente en acciones de guardacostas y corso. Después pasó por Santo Domingo, Puerto Rico y Margarita, sirviendo bajo distintos capitanes y participando en el apresamiento de embarcaciones enemigas y dedicadas al comercio ilícito.
En uno de los pasajes más interesantes de su declaración aparece directamente Miguel Enríquez. Oquelí afirma:
«…don Miguel Enrriquez, quien con una Balandra me despacho a las Yslas de Canaria a saber ciertamente si era cierto la paz y su [petición o particion] de Armas con el Yngles y otras naciones que en aquellas yslas se habían esparcido…».
Oquelí continúa, una vez partido desde Cádiz:
«…y a la vuelta de dicho viaxe a vista del Puerto de Santo Thomas cerca de Puertorrico apreso una embarcación de Cosarios Holandeses y la conduxe a Puertorrico en donde se declaró por buena…».
Es decir, después de aquella misión que lo había llevado hasta Canarias, y luego Cádiz, participó en el apresamiento de una embarcación de corsarios holandeses cerca de Santo Tomás, que posteriormente fue conducida a Puerto Rico y declarada buena presa.
El documento guatemalteco no proporciona el nombre de la balandra utilizada en aquel viaje. Es al cruzar la declaración de Oquelí con los datos aportados por Ángel López Cantos cuando aparece la relación con La Perla, la embarcación de Miguel Enríquez que cruzó el Atlántico, permaneció varios días en Canarias y terminó llegando a Cádiz.
Y ahora, al estudiar los documentos del San Luis, aparece una pieza que entonces desconocía: el mismo juez oficial del Consejo de Indias, Francisco de San Millán y Ceballos intervino también en los asuntos de La Perla.
Y el 3 de julio de 1713 quedó escrito:
«…para que con el primer buen tiempo, y en seguimiento de su biaje, pueda salir a nauegar».
Tres días después, el 6 de julio de 1713, el San Luis levantaba anclas y Amaro Pargo se hacía nuevamente a la mar, sin saber aún la tragedia que le tocaría vivir unas semanas después al llegar a las costas de la isla de Martinica.



