El 20 de junio de 1715, desde Puerto Cabello, Amaro Rodríguez Felipe escribió al gobernador de Curazao para reclamar la muerte de ocho de sus hombres y la pérdida de varias embarcaciones en la costa venezolana. La carta permite seguir, casi día por día, una operación de persecución contra balandras holandesas que comerciaban ilegalmente en los puertos de Ocumare, Borburata y Puerto de Chaves.
Es el propio Amaro quien describe los hechos. Y quizá estemos ante uno de esos combates navales que tanto tiempo llevaba buscando en la documentación. No se trata de una mención vaga ni de una referencia posterior, sino de una relación directa de varios días de encuentros, ataques por mar e incursiones por tierra. En ella enumera los daños sufridos, señala a los responsables y muestra una zona especialmente conflictiva del litoral venezolano, donde las embarcaciones procedentes de Curazao actuaban con una libertad que las autoridades españolas intentaban contener con muchas dificultades.
Amaro se presenta en la carta como capitán del navío Nuestra Señora de la Concepción y San Francisco Xavier, perteneciente al Rey Católico, al que sabemos identificado también como el Blandón. Según sus propias palabras, tenía órdenes estrictas de impedir que ninguna nación extranjera comerciara en aquella costa. Esa misión lo llevó a enfrentarse directamente con embarcaciones holandesas procedentes tanto de Europa como de Curazao.
Comparto a continuación la misiva, tal como la escribió Amaro. El documento conserva tachones y correcciones, y fue redactado apenas unos días después de las refriegas y ataques que él mismo relata:
Archivo General de Indias, sección Escribanía, legajo 693C, expediente de Cumaná, 1715-1716
Carta del capitán Amaro al Gobernador de Curazao
Puerto Cabello, a bordo de mi navío, 20 de junio de 1715.
Muy señor mío:
Me encuentro en este puerto al mando del navío nombrado Nuestra Señora de la Concepción y San Francisco Xavier, perteneciente al Rey Católico, mi señor. Tengo órdenes estrictas de Su Majestad para impedir que cualquier nación que no sea la española comercie en esta costa. Por ello, he puesto el mayor empeño en perseguir a las embarcaciones holandesas que han llegado desde Holanda y desde esa isla (Curazao), apresando y confiscando lo que he podido en cumplimiento de mi deber.
Con motivo de estas órdenes, el pasado día 5 recalé en el puerto de Ocumare. Allí se encontraba comerciando con su balandra Mathías Cristiano, quien huyó al verme. No pude apresar su balandra, pero dejó en el puerto su canoa y su cayuco, que mi lancha trajo a bordo de mi navío. Ese mismo día, al pasar por el puerto de Borburata, donde había tres navíos (La Galera, El Pingue y otro del capitán Sebastián) y dos balandras (una de ellas la de Mathías), me dispararon cinco cañonazos con bala. Al ver que no salían de allí, envié gente por tierra para evitar que comerciaran con los lugareños. En respuesta, ellos desembarcaron gente en dos ocasiones para intentar matar o ahuyentar a mi guardia de la playa.
El día 5 de este mes, viendo la desfachatez (“desahogo”) con la que estaban las balandras en Puerto de Chaves, despaché una de las mías, la cual apresó el día 6 a la embarcación a cargo de Elías Cortein, llamada “El Rey David”, que estaba comerciando en dicho puerto.
El día 12 entraron en la ciénaga dos piraguas que yo tenía armadas en Margarita y Cumaná. Al saberlo Mathías Cristiano, que estaba en Ocumare con otros navíos, decidió atacar: desembarcaron a 25 hombres por tierra, enviaron su balandra por mar y tres canoas con mucha gente. El día 13 quemaron mis piraguas, mataron a ocho de mis hombres e hirieron a muchos otros. El día 14 salió de La Guaira otra de mis piraguas y, al pasar frente a Ocumare el día 15, salió de nuevo Mathías Cristiano con otra embarcación. Atacó mi piragua, intentó encallarla con su balandra y finalmente la echó a pique sin temor de Dios ni de sus Majestades.
En esa piragua me enviaban —según consta en la carta de mi escribano y en las declaraciones de la gente— los siguientes bienes:
161 doblones y medio de oro, 12 barriles de aguardiente (valorados en 44 pesos cada uno), 88 arrobas de casabe y 7 quintales de bizcocho, Maíz, manteca y herramientas y la propia piragua (valorada en 300 pesos).
Una maleta con mi ropa personal y una cajita con otras pertenencias, además de ropa para mi tripulación.
El valor total de lo perdido asciende a 1.634 pesos y 4 reales, cantidad que su señoría debe ordenar que se me pague. Pero lo más grave es la pérdida de dos cajoncitos con papeles de Su Majestad; una pérdida de valor incalculable que solo puedo lamentar.
Mathías Cristiano es tan perverso que, cuando mi gente le suplicó que permitiera salvar esos cajones de papeles antes de hundir la piragua, no lo permitió y, en su lugar, profirió mil insultos. Estas acciones violan la buena amistad y la paz pactada entre nuestros príncipes. Bajo ningún pretexto se puede tolerar este comercio ilegal y, mucho menos, estos excesos violentos.
Le ruego a su señoría que mande pagarme la mencionada cantidad para poder comprar los víveres que necesita mi tripulación. Asimismo, le pido que castigue a Mathías Cristiano y advierta a los demás de sus obligaciones, para que yo vea una enmienda pronta y eficaz. De no ser así, me veré obligado a dar cuenta al Rey, mi señor, para que sus ministros presenten una queja formal ante los Estados de Holanda.
Para entregar esta carta y traer los víveres, envío mi balandra llamada “La Ambiciosa”, al mando de Adrián Piñero, para quien espero el favor y el pronto despacho de su señoría.
Quedo a su disposición con rendido afecto. Que Dios guarde a su señoría muchos años.
Amaro Rodríguez Felipe.
Curazao, la Nación Portuguesa y la balandra El Rey David
Para entender el alcance del apresamiento de El Rey David, conviene detenerse en Curazao. La isla había sido ocupada por los holandeses en 1634, cuando la Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales arrebató el territorio a los españoles. Desde entonces, Curazao se convirtió en una base estratégica frente a Tierra Firme, especialmente por su proximidad a la costa venezolana y por la seguridad de su puerto natural.
Pero Curazao no fue solo un enclave militar o comercial holandés. A mediados del siglo XVII comenzó a recibir a familias judías sefardíes procedentes de Ámsterdam, formadas además por descendientes de judíos expulsados o perseguidos en los territorios de las monarquías ibéricas.
El primer judío documentado en la isla fue Samuel Cohen, intérprete de la expedición holandesa de 1634. En 1651, João d’Ylan llevó desde Ámsterdam a un pequeño grupo de familias sefardíes, que se establecieron inicialmente en tierras concedidas por la Compañía y dieron origen a la comunidad Mikvé Israel.
La Sinagoga de Curazao también llamada Sinagoga Mikve Israel-Emanuel en Willemstad, Curazao, se trata de una de las sinagogas más antiguas de América. La comunidad (Congregación Mikve Israel) data de la década de 1650, y consistía en judíos españoles y portugueses que vinieron de los Países Bajos y Brasil.
Aquella comunidad no tardó en abandonar el ideal agrícola inicial y orientarse hacia el comercio. Curazao ofrecía ventajas claras: protección holandesa, libertad religiosa, contacto directo con Ámsterdam y una posición privilegiada frente a las provincias españolas de Tierra Firme. Desde allí, las redes sefardíes participaron en el comercio regional con Venezuela, Nueva Granada y otras zonas del Caribe. La sinagoga Mikvé Israel-Emanuel, cuya comunidad se remonta a ese asentamiento del siglo XVII, sigue siendo considerada una de las más antiguas de las Américas y continúa activa en la actualidad.
En ese contexto debe leerse nuevamente el nombre de la balandra apresada por Amaro: El Rey David. El nombre de la embarcación remite claramente al imaginario bíblico hebreo y aparece asociado a un capitán procedente del entorno comercial de Curazao, una isla donde la comunidad sefardí tenía un peso económico notable.
No puede asegurarse de manera absoluta, pero sí resulta razonable pensar que Elías Cortein, el capitán a quien Amaro arrebató la embarcación, pudo pertenecer o estar estrechamente vinculado a ese mundo sefardí judeo-holandés que operaba desde Curazao frente al monopolio comercial español.
En Curazao existe todavía el topónimo Kortijn (kortijn.com), y según se afirma desde la página web de Hielos Kortijn —empresa aún operativa en la isla—:
“In the eighteenth century Kortijn belonged to the shipmaster Elias Courtin (there from the name Kortijn). For centuries the estate Kortijn, with showing the manor at the Kortijnweg, was in the possession of the family Van der Meulen, who were owners of the wharf in Otrobanda.”
“En el siglo XVIII, Kortijn pertenecía al capitán de navío Elias Courtin, de quien derivó el nombre de Kortijn. Durante siglos, la hacienda Kortijn, incluida la casa señorial situada en Kortijnweg, permaneció en posesión de la familia Van der Meulen, propietarios además del muelle de Otrobanda.”
Este tipo de nombres, como ocurre con otros espacios de la isla, suele conservar la memoria de antiguos propietarios, familias o terrenos. Si ese Kortijn guarda relación con Elías Cortein o con su familia, como apuntan diversas referencias locales, estaríamos ante una huella geográfica de aquel mismo entorno mercantil que Amaro encontró en la costa venezolana.
Así, el apresamiento de El Rey David no fue una captura cualquiera. Amaro no se enfrentaba a contrabandistas anónimos, sino a una red marítima organizada que unía Curazao con la costa venezolana. Esa red estaba protegida por la bandera holandesa, alimentada por comerciantes de distintas procedencias y, muy probablemente, conectada con familias sefardíes de la llamada Nación Portuguesa.
A partir de ese momento, la carta deja de ser una simple reclamación por comercio ilícito y se convierte en una denuncia por sangre derramada. Tras varios años de investigación, me es grato compartir este documento inédito, escrito por el propio Amaro Pargo, en el que narra una acción armada y deja constancia de la muerte de ocho de sus hombres en combate, al servicio del Rey.
Fuente: Archivo General de Indias (AGI), Escribanía, 693C, expediente de Cumaná, 1715-1716.



