En 1715, mientras Amaro Rodríguez Felipe intentaba custodiar en Venezuela la mercancía del Asiento de Montesacro, Caracas quedó atravesada por un rumor fiscal que, por su forma y por sus efectos, merece llamarse bulo sin complejos, y que ya por entonces parece haberse difundido de una manera muy precisa y calculada. La mayor parte de aquella carga no había sido reunida en Tenerife, sino en Cádiz, por su hermano José Rodríguez Felipe, quien posteriormente recogió a Amaro en Santa Cruz de Tenerife, donde el navío se completó con vino y otros géneros. El barco, Nuestra Señora de la Concepción, conocido como El Blandón, arribó al puerto de La Guaira el 8 de enero de 1715, y con él llegaron no solo los jueces enviados por la Corona, sino también quien pronto sería señalado como uno de los principales beneficiarios del rumor: Alberto de Bertodano, el “manco”, personaje de trayectoria antiborbónica que acabaría sustituyendo al depuesto Francisco Cañas y Merino, el mismo gobernador que años antes había otorgado a Amaro Pargo su patente de corso.
La versión que corrió por la ciudad fue concreta, fácil de repetir y diseñada para encender agravios. Se decía que los jueces llegados con la expedición, el palmero Antonio Joseph Álvarez de Abreu y Pedro Tomás Díaz Pintado, pretendían imponer una contribución del quince por ciento sobre todas las haciendas de la provincia y que, además, harían pagar tributo a los mulatos, quebrando una exención que hasta entonces se había mantenido y que resultaba socialmente explosiva. Juan Julián de Ybarra, alcalde ordinario de Caracas, recogió esa “voz común” y dejó constancia de un detalle decisivo: que nunca dio crédito a semejante especie, porque no le cabía en la cabeza que ministros del Rey vinieran con una orden de ese tipo, lo que deja claro que el rumor no nació de una confusión administrativa, sino de una intención política.
Que no fue un chisme inocente lo delata el propio lenguaje de las declaraciones conservadas. En ellas se habla de “comunes y públicas noticias” y de “voces de dicha contribución de quince por ciento”, sin poder precisar quién las introdujo inicialmente, pero dejando claro que aquellas voces fueron esparcidas de forma artificiosa y sostenidas en el tiempo como instrumento de agitación. El salto del rumor a la intimidación fue inmediato. Los testimonios señalan que “se fueron estrechando los lances de odio y de rencor” contra los jueces, hasta el punto de que permanecieron más de dos meses retirados y sin salir en público, refugiados en la casa de don Thomás Cróquer, amigo personal de Amaro Pargo y compañero suyo en los intereses del Asiento de Montesacro, que se encontraba en Venezuela aguardando la llegada de la flota para ayudar a colocar los géneros traídos desde Europa. El miedo fue tal que Abreu y Pintado llegaron a oír misa desde una ventana, temiendo salir a la calle ante la hostilidad creciente del vecindario, incluidos los mulatos, a quienes el bulo hacía creer que estaban a punto de perder una parte sustancial de sus recursos.
En aquel contexto, la desinformación no se limitó a la transmisión oral. Si hoy los bulos se propagan por redes sociales, entonces se materializaron en bandos y carteles colocados estratégicamente en la esquina inferior de la casa donde residían los jueces, señalándolos de forma directa. Aquel gesto no buscaba informar, sino marcar, identificar al enemigo y hacerlo visible ante la ciudad.
Un tercer elemento completa el triángulo del bulo eficaz: la sospecha de una autoría interesada. El testigo Alonso Joseph Terrones fue especialmente claro durante su interrogatorio al afirmar que aquello era “de pública voz y fama” y que se atribuía al “desafecto” hacia los jueces, incluso a órdenes del propio gobernador. Amaro Pargo no era un espectador ajeno a esta situación. Había llegado a Venezuela en el mismo navío que Abreu y Pintado y junto al propio Bertodano. La coincidencia de todos ellos en una misma expedición facilitó que el rumor prendiera con mayor fuerza y permitió que se utilizara como arma política contra quienes controlaban el comercio y la Hacienda, no siendo descartable que el propio Bertodano estuviera detrás de la difusión de aquella mentira.
El temor fue tan real que, durante la estancia del navío en Puerto Cabello, Amaro se vio obligado a reforzar su tripulación con más de sesenta hombres. No fue una medida exagerada ni preventiva por rutina: existía un riesgo cierto de sabotaje, de ataques nocturnos o incluso de que el barco fuese incendiado. La tensión había superado el plano administrativo y se había trasladado al terreno físico, donde las palabras podían convertirse en fuego, con un coste económico y humano inmediato.
Visto desde hoy, lo asombroso no es que en 1715 existiera desinformación, sino que el mecanismo ya estuviera tan afinado: un mensaje simple, repetido con insistencia, que apelaba al miedo económico, señalaba a un grupo sensible (los mulatos) y culminaba en un acto público de exposición y amenaza. Cambian los medios, pero no el resorte humano. Y este bulo, lejos de quedar sepultado por el tiempo, ha sido rescatado trescientos años después gracias a los documentos encontrados recientemente en el Archivo de Indias, en concreto en el expediente de Cumaná, 693A.



