Imaginemos a Amaro Rodríguez Felipe en el momento decisivo de su carrera.

Por primera vez, no navega como corsario al margen del sistema, sino como capitán al servicio directo de la Corona, al mando de un navío de registro, el Blandón, y con una misión sin precedentes: formar parte de una pequeña escuadra destinada a liderar un nuevo modelo comercial para España, capaz de competir con las grandes compañías europeas que ya dominaban el Atlántico, como las de Holanda o Inglaterra.

No se trataba, en absoluto, de una flotilla de corsarios al estilo “aventureros en busca de fortuna y gloria”. La estructura respondía a un Asiento formal, aprobado por la Corona, con una organización precisa: capitanes de mar, capitanes de mar y guerra —como en el caso del oficial vasco al mando del San Felipe, navío preparado para el combate—, oficiales a bordo y una misión claramente definida bajo autorización real.

La WIC, la VOC y las grandes compañías inglesas, con bases y factorías que se extendían hasta el océano Índico antes de proyectarse hacia Asia, llevaban años articulando rutas comerciales de enorme alcance. Decenas de miles de personas trabajaban ya en aquellos circuitos, mientras España aún no había logrado consolidar una estructura semejante.

Amaro fue el elegido para aquella misión. Se quería abrir un nuevo horizonte comercial en territorios donde el contrabando llevaba años arraigado y tras partir de Tenerife, en diciembre de 1714, el viaje culminaría en La Guaira. Allí debía comenzar todo, y sin embargo, es allí donde el proyecto se desquebraja.

Amaro sufrió desde el mismo momento en que puso pie en tierras venezolanas. El héroe canario que por fin alcanza la cúspide de su carrera es despojado de su autoridad, de su mando y humillado públicamente ante aquellos mismos canarios que lo tenían por un referente de las islas.

 El gobernador interino de la provincia, Alberto de Bertodano, que había viajado en el mismo navío junto a su familia, no estuvo dispuesto a permitir que el proyecto avanzara. Lejos de facilitar la operación, ordenó la detención del propio capitán, la colocación de guardias en el barco y la intervención directa de la carga.

 El resultado fue devastador. La mercancía quedó retenida, el navío paralizado y el comercio que la Corona pretendía reactivar quedó bloqueado antes siquiera de comenzar.

 Este es un episodio que, por razones que aún desconocemos, ha permanecido en la sombra de nuestra historia y que, hasta ahora, no había sido relatado con la claridad que merece.

 Aquí comenzó la odisea de Amaro. Pero, tal como reflejan los documentos posteriores, logró sobrevivir a todo aquello y salir reforzado de la experiencia. Contó con aliados poderosos y, tras una década de aventuras por el Caribe, regresó a Tenerife con una fortuna envidiable.

 A continuación, acompaño el testimonio de Sebastián Curbelo, escribano del navío, vecino de La Laguna, y testigo directo de los hechos, redactado apenas siete semanas después de haber tocado tierra.

 

Texto anexo

“En el puerto de La Guaira, a 2 de marzo de este año, en cumplimiento de la comisión recibida de los señores Pintado y Álvarez de Abreu, acudí a la casa de don Lorenzo Hermoso, castellano y justicia mayor, para notificarle el auto.

 

Respondió que no quería oírlo y, al preguntarle de qué trataba, le dije que concernía a la prisión del capitán don Amaro Rodríguez Felipe. Contestó que dicha prisión se había efectuado por orden del gobernador y capitán general, don Alberto de Bertodano, y del tesorero don Andrés Alonso Gil.

 

Añadió que, si el capitán deseaba presentar algo, lo escucharía en virtud de la autoridad que tenía, y que reconocía a los mencionados señores únicamente como jueces del navío.

 

Y para que conste, lo firmo en presencia de testigos.

 

Firmado: Sebastián Curbelo, escribano.”

(Archivo General de Indias, sección Cumaná, legajo 693 A, pp 59.)