Entre los personajes más fascinantes del Caribe de comienzos del siglo XVIII figura don Miguel Henríquez, también aparece en muchas referencias como Miguel Enríquez, corsario puertorriqueño, mulato libre, dueño de fragatas armadas que dominaron el tráfico marítimo entre San Juan de Puerto Rico, Jamaica y Curazao. Nombrado Capitán de Mar y Guerra por el gobernador de Puerto Rico y respaldado por la Corona. Henríquez llegó a amedrentar las flotas inglesas que unían Jamaica con Gran Bretaña, capturando presas y defendiendo el litoral antillano de incursiones enemigas.

Me ha parecido interesante ver cómo su nombre aparece en una carta de José Francisco de Cañas y Merino, gobernador de Venezuela entre 1711 y 1714, el mismo año en que este otorgó la patente de corso a Amaro Pargo. El documento, dirigido al monarca, describe el arribo del gobernador a tierras venezolanas en dos fragatas de Henríquez, revelando la amplitud de la red corsaria hispánica y la cooperación entre oficiales de Puerto Rico, La Guaira y Curazao.

Señor:

 

Habiéndome Vuestra Majestad honrado con el empleo de Gobernador y Capitán General de esta provincia, y mandándome pasar a ella en la Capitana de Barlovento que se aprontó en Cádiz para esta América, lo ejecuté en compañía del Duque de Linares hasta la isla de San Juan de Puerto Rico, donde, habiéndose detenido la Capitana para hacer su aguada, resolví quedarme por la cercanía de esta provincia, para pasar a ella luego que terminase el tiempo del gobierno de mi antecesor, como desde allí lo participé a Vuestra Majestad.

 

Y con efecto, luego que llegó este caso, ejecuté mi viaje en dos fragatas del Capitán de Mar y Guerra don Miguel Henríquez, vecino de la isla, que de su orden pasaban a esta provincia convoyadas de una balandra de guerra también suya. Y habiendo, por accidente, arribado al Puerto de Ocumare, que dista quince leguas a sotavento de La Guaira, vi salir de él a esa balandra, que, reconociendo la fuerza de las embarcaciones que me transportaban, huyeron dejando libre el puerto donde di fondo, y averigüé ser dichas balandras de holandeses vecinos de la isla de Curazao, inmediata a esta provincia, que continuamente venían a comerciar con la gente de tierra.

 

Y no pudiendo por entonces pasar al castigo de los delincuentes, por hallarme sin la posesión del gobierno, procuré disimular mi justo sentimiento hasta tenerla recibida, como en efecto me la dieron en este Cabildo el día seis de julio próximo pasado, según consta de la certificación adjunta.

 

Hallé esta provincia muy pobre y deteriorada por el continuo comercio que en ella han tenido los holandeses, sacando la plata y frutos a cambio de sus géneros, que no sólo se seguía a Vuestra Real Majestad la usurpación de los reales derechos, así de los géneros que entran como de los frutos que salen, sino también que los enemigos de Vuestra Real Majestad se enriquecen disfrutando los intereses de los reales dominios de Vuestra Majestad, enviando continuas flotas de los frutos de ellos.

 

Pasando la infidelidad de algunos españoles a aposentar en sus casas a los enemigos de Vuestra Real Majestad, correspondiéndose con ellos por cartas, dándoles noticias de las deliberaciones que se tomaran contra ellos para que estuviesen prevenidos al opósito, llegando el caso muchas veces de pelear en la misma tierra de Vuestra Real Majestad los holandeses, ayudados de los traidores que comercian con ellos, sin permitir llegar a ella los corsos españoles y franceses que los perseguían.

 

Y lo más sensible es haber permitido a los holandeses avecindarse en la tierra firme de Vuestra Real Majestad, en un sitio donde, al abrigo de la sierra y distancia del mar, tienen sus almacenes y tratos con la mayor seguridad, valiéndose para el tráfico de mulas y caballos, en que son tan diestros, que introducen y sacan las mercaderías sin que las justicias puedan impedirlo, ayudándolos algunos de los naturales, que son los más culpables en este delito, porque con sus avisos los encubren y amparan, de donde se sigue que, en vez de castigar a los contrabandistas, se les protege, y la Real Hacienda recibe el mayor daño.

 

Yo, Señor, conociendo el desorden y el perjuicio que de esto se sigue, he determinado, con el celo que debo al servicio de Vuestra Majestad, procurar cortar de raíz este comercio ilícito, disponiendo que se armen corsos y se vigilen las costas, y que se castigue con el mayor rigor a los que se hallaren en inteligencia con los extranjeros, porque no basta sólo la buena voluntad, si no se pone en ejecución la justicia.

 

A este fin, he mandado se informe con secreto de todos los puertos y caletas donde desembarcan los contrabandistas, y que se dé parte de ello al Comandante de las tropas de mar y tierra para que obre con toda diligencia. Asimismo, he procurado que los oficiales reales cuiden de los registros de entradas y salidas, y que ningún género pueda pasar sin conocimiento de los ministros, para que no se defrauden los derechos de Su Majestad.

 

Y porque los holandeses de Curazao no cesan en sus intentos, valiéndose de todo género de artificios para conservar su trato con los naturales de esta provincia, he dispuesto que se publique bando general prohibiendo bajo graves penas cualquier comunicación con los extranjeros, especialmente con los de las islas inmediatas, y que los vecinos que hospedaren o encubrieren a dichos extranjeros sean castigados como traidores a Su Majestad.

 

Dios guarde la Real Persona de Vuestra Majestad los muchos años que el mundo ha menester.

De Caracas, a 1711.

 

José Francisco de Cañas y Merino

Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela.

Varias conclusiones pueden extraerse de esta carta. En primer lugar, se percibe en ella el tono adulador propio de la burocracia borbónica en plena Guerra de Sucesión: Cañas y Merino intenta mostrarse ante el Rey como un servidor ejemplar que, nada más tomar posesión del gobierno, habría actuado con mano firme contra el contrabando que desangraba las rentas reales. Su discurso buscaba exaltar su celo y lealtad, y justificar la política de dureza y control que vendría a continuación, consiguiendo un escudo protector ante las críticas locales.

En segundo término, el documento permite vislumbrar la fuerza logística y política del corsario mulato libre Miguel Henríquez, quien, con sus fragatas y balandras, controlaba las rutas entre Puerto Rico, Curazao y las costas venezolanas. Su participación en el traslado del gobernador evidencia la magnitud de su poder naval y la compleja red de alianzas entre corsarios que operaban bajo bandera real, desafiando tanto a ingleses como a holandeses.

En tercer lugar, el texto refleja un momento de fractura interna en la sociedad criolla venezolana. A la llegada de Cañas y Merino, los mantuanos —esa élite criolla, a la que también pertenecían los antepasados de Bolívar que controlaba el comercio interno de contrabando— vieron amenazada su influencia por un gobernador decidido a imponer un orden más centralizado. En medio de ese ambiente de tensiones, el mismo año de su llegada, Cañas y Merino otorgó la única patente de corso conocida a favor de Amaro Pargo.

 

Reproducción de la Patente de Corso otorgada por Cañas y Merino a Amaro Pargo (Diciembre de 1711, Caracas). Reproducción realizada por DOCEMASUNA, La Laguna, TF.

Paradójicamente, el funcionario que pretendía erigirse en guardián del orden resultó ser uno de los gobernadores más crueles y polémicos de la Provincia de Caracas. Su nombre, asociado al abuso y la represión, quedó como recuerdo durante generaciones en Venezuela, tras su arresto a finales del año 1714.

Fuente del documento hallado:

González Segovia, Armando (compilación y prólogo). Documentos para el Estudio de la Gobernación de la Provincia de Venezuela 1711–1714. Gestión de Francisco Cañas y Merino. Araure: Fondo Editorial González & Mujica – Universidad Nacional Experimental de los Llanos Ezequiel Zamora (UNELLEZ), Vicerrectorado de Industrias y Procesos Industriales, 2018, p. 70.