Durante la investigación de los documentos relativos a la Compañía de Montesacro en el Archivo de Indias, queda claro que, muy lejos de tratarse de una flotilla de corsarios a la aventura, se trató en realidad de un plan de la monarquía destinado a restablecer el orden y eliminar la corrupción ejercida por la élite criolla, estrechamente asociada con sus gobernadores. El objetivo era imponer un nuevo orden comercial que permitiera a los productos españoles sustituir al contrabando holandés que imperaba en la región. Al mismo tiempo, se pretendía fomentar el comercio mediante tasas más favorables para el tráfico del cacao y corregir diversas sublevaciones en áreas de Guatemala y del virreinato de México.

 A todo ello se suma que una de las figuras elegidas para esta campaña fue el corsario Amaro Pargo, al mando de uno de los navíos de la recién organizada Armada, y que, a su vez, se nombró a su joven hermano José Rodríguez Felipe como maestre de toda la compañía. Estos hallazgos sitúan por fin a los tinerfeños como piezas clave dentro de un ambicioso intento de reformular el modelo económico y político de los territorios americanos, con el objetivo último de alterar el rumbo de los gobiernos del Nuevo Mundo.

Sin embargo, a la llegada de la Compañía a Venezuela, y en concreto a La Guaira el 8 de enero de 1715, todo estalló.

 Aquel día, que paradójicamente coincidió con la llegada del gobernador interino Alberto de Bertodano, quien viajaba como pasajero en el mismo barco que Amaro Pargo, este se asoció de inmediato con los criollos poderosos de Caracas y con el juez oidor Jorge Lozano Peralta. Este último había sido trasladado desde la Audiencia de Santo Domingo a Caracas con el fin de eliminar de la ecuación al gobernador Cañas y Merino (1711–1714), el mismo que había otorgado la patente de corso a Amaro Pargo, y dejar así el camino expedito al robo sistemático y al contrabando en la región.

En medio de este escenario emerge un personaje fascinante: una mujer que, por su condición y origen turco, no debería haber podido viajar al Nuevo Mundo y que, sin embargo, terminó condicionando de manera decisiva el futuro de Amaro Pargo. Este se hallaba preso contra su voluntad, víctima de la corrupción y del choque de intereses con la élite mantuana de la provincia, en un contexto en el que la monarquía, a través de la Compañía de Montesacro —encabezada por Amaro Pargo y Thomas Croquer—, y los agentes reales José Álvarez de Abreu y Tomás Pintado conformaban un mismo bloque de actuación frente al poder criollo establecido.

Esa mujer fue una esclava llamada Mariana Josefa de Guzmán, quien alteró el curso de los acontecimientos al denunciar en sede judicial, en La Guaira, por segunda vez, los sobornos, las alianzas y las maniobras que había presenciado durante el tiempo en que sirvió como criada, en condición de esclava, en la casa del oidor Jorge Lozano Peralta. Ya lo había hecho meses antes de manera clandestina ante los propios enviados reales, Abreu y Pintado, cuando aún se encontraba al servicio del oidor.

Es cierto, y así lo confirman los documentos recién hallados,  que tanto Amaro Pargo como Thomas Croquer y los dos agentes reales, portadores de una instrucción secreta, fueron encarcelados. Sin embargo, incluso en esa situación continuaron trabajando desde la sombra del gobierno de Caracas para poner en conocimiento de Felipe V la desobediencia reiterada a sus órdenes por parte del entramado corrupto que regía la provincia de Venezuela, así como la connivencia con un contrabando perfectamente organizado.

Este sistema fue liderado por el nuevo gobernador interino, Alberto de Bertodano, quien en teoría había sido enviado para sustituir al nefasto Cañas y Merino y reconducir el buen gobierno de la región, pero que terminó consolidando el mismo modelo de abuso y expolio.

La pista definitiva aparece reflejada en un estudio realizado por el historiador Francisco A. Eissa-Barroso, de la Universidad de Manchester, publicado en la revista académica Magallánica: Revista de Historia Moderna,  “Movilidades escalonadas y construcción de un espacio imperial: Caracas, 1715”,en el que se analizan los acontecimientos de Caracas en 1715 y el papel desempeñado por los distintos actores institucionales implicados.

 

“Pero los agentes de la compañía de Montesacro no sólo encontraron enemigos en Caracas; también contaron con algunos aliados. El encomendero del navío, Thomas Croquer de los Cameros, era un comerciante jenízaro (hijo de comerciantes extranjeros, en este caso ingleses, asentados en Andalucía), oriundo de Sanlúcar de Barrameda, que había viajado antes Caracas y tenía por lo menos un compadre en la ciudad (…). El alcalde visitador, Antonio Joseph Alvarez de Abreu, tenía un hermano radicado en Venezuela directamente involucrado en el comercio entre la provincia y las Islas Canarias, de donde eran oriundos junto con el factor del navío, Amaro Rodriguez Phelipe (…). Durante los primeros meses de 1715, los agentes de Montesacro se valieron de los testimonios de estos aliados para desprestigiar al cabildo y a Bertodano ante las autoridades en Madrid. Así, por ejemplo, el oidor y el alcalde visitador, entrevistaron a múltiples testigos sobre cómo el oidor Lozano, ganado mediante sobornos, apoyaba y aconsejaba al cabildo y sus allegados. Entre estos testigos se encontraba uno quizá un tanto inesperado: Mariana Josepha de Guzman. En mayo de 1715, cuando todavía se encontraba en el servicio de Lozano, Mariana Josepha testificó sobre los regalos que había recibido su amo, los lazos que tenía con el cabildo y con Bertodano, y sobre los planes que habían acordado para frustrar las actividades del navío.

Tras localizar la declaración en el Archivo de Indias, podemos reproducir íntegramente su manifestación (la segunda), en donde tras declarar en contra de su amo, dio las pistas que ayudarían a exonerar a los responsables de la Compañía de Montesacro, entre ellos, Amaro Pargo.

Imagen recreada del momento en que Mariana Josefa de Guzmán se embarca en Santa Cruz de Tenerife en el navío del comerciante lagunero de origen holandés, Pedro Grasuysién en 1714 (nombre tal como aparece en los manuscritos hallados).

Declaración de Mariana Josepha de Guzmán (1716)

En esta ciudad, en el día, mes y año arriba indicados, su merced, el señor oidor y juez de estos autos, habiendo surtido efecto las diligencias realizadas para que compareciera Mariana Josepha de Guzmán, criada que fue del señor don Jorge Lozano Peralta, oidor de la Audienzia de Santo Domingo, mandó que se presentase ante su merced.

Y habiendo venido del puerto de La Guayra, donde se hallaba el día cuatro del corriente, y comparecido hoy, día siete del corriente, ante su merced, se le recibió juramento conforme a derecho, ante mí, el presente escribano: juró a Dios y a una cruz, y prometió decir verdad de lo que supiere y de lo que le fuere preguntado.

Preguntada por su merced, bajo dicho juramento, de dónde es natural, dónde ha tenido su residencia y habitación, y en qué se ha ocupado y ejercitado, dijo que es natural de la ciudad de Constantinopla, y que, a la edad de seis años, vino a la ciudad de Cádiz por haber sido apresada y hecha esclava, junto con muchas personas de Constantinopla, cerca de la ciudad de Belgrado, por las armas del emperador de Alemania. Dijo asimismo que desde Alemania, con otros esclavos de todas las edades, la llevaron a Italia para comerciar; y desde Italia, a Cádiz, donde recibió el agua del Santo Bautismo, después de haber sido instruida en los principales ministerios y preceptos de nuestra Santa Fe Católica, en la cual desde entonces hasta ahora, por la misericordia de Dios, se ha mantenido y se mantiene con verdadero conocimiento.

Y desde Cádiz, por precio de ochenta pesos, pasó a la isla de Canaria llamada Santa Cruz de Thenerife, donde estuvo muchos años esclava de Phelipe del Barco, vecino que fue de aquella isla, quien quiso venderla a un inglés. A raíz de ello —dijo— se quejó la declarante ante el general gobernador de dichas islas, quien no permitió la venta; y de esto resultó que aquel la entregase al capitán don Pedro Grasuysién, que venía con bajel de registro desde Canarias a las Indias, para que allí la vendiese, sin embargo de haber órdenes de Su Majestad para que las personas de su nación no se comercien en estas partes.

Y de esta forma, indebidamente y contra su voluntad, vino embarcada en el referido registro, que entró en el puerto de La Guayra en el año de mil setecientos catorce. Y por esta razón —y también porque el dicho Phelipe del Barco tiene ya cobrada la mayor parte de los ochenta pesos de su precio— la declarante tiene promovida reclamación sobre su libertad, acerca de lo cual hay autos ante los alcaldes ordinarios que paran en el oficio de don Nicolás Cedillo, escribano de esta ciudad.

Leída íntegramente la declaración que, en catorce de mayo de mil setecientos y quince, hizo ante los señores Pintado y Abreu, con asistencia de don Thomás Cróquer, la cual se halla a foja diecinueve y veinte de la pieza de autos acumulados sobre la presentación de los títulos y órdenes de Su Majestad con que se hallaban dichos señores ante el señor don Jorge Lozano, y habiéndosele hecho capaz de todo su contenido, letra por letra, así como de una interlineación que tiene dicha declaración en la foja diecinueve —la cual no aparece salvada ni consta “vale” al final—, y recordándole de nuevo el juramento que tiene hecho y todo lo expresado, dijo que dicha declaración es suya, y que la hizo según y en la forma en que en ella se expresa, con todas sus circunstancias; y que así se ratifica en ella, y que es verdad, bajo el juramento que tiene hecho.

En ello se afirmó y ratificó, y dijo ser de edad de cuarenta y dos años, poco más o menos. Y no firmó por no saber; y lo firmó su merced, de lo cual doy fe.

Cobián
Ante mí, Joseph Gonzales de la Torre.